Carta 4 – Doce Cartas Contestadas

Tomado de las páginas 15 a 17 del libro “Doce Cartas Contestadas” de Gelson Villegas (1989). Editorial La Voz en el Desierto. ISBN 980-300-818-8

“Mi querido hermano, lo saludo, al igual que a los suyos, en el amor fraternal. Esperando que el Señor le esté bendiciendo mucho en la obra que él le ha encomendado. No quiero quitarle mucho tiempo y, espero que perdone la molestia, la mala letra y, también, mis errores (o, tal vez, horrores) de ortografía.

Como Ud. sabe, ya tengo cierta edad (no soy un viejito, pero tampoco un jovencito de 15) y estoy sintiendo la necesidad de casarme. Quiero que Ud. me ayude en comprender cómo puedo yo conocer la voluntad de Dios en el asunto. En días pasados hice la misma pregunta a un hermano, y él me dijo: “A Dios orando y con el mazo dando; a Dios rogando y con el ojo buscando”. ¿Considera que esta es una respuesta adecuada?”

Querido hermano, tiene Ud. mucha razón en preocuparse por conocer la voluntad de Dios en cuanto al matrimonio. Y, quiero decirle, que ya ha dado Ud. un paso muy significativo, es decir, el de querer conocer la voluntad del Señor para su vida en el aspecto conyugal. Porque precisamente, el fracaso de muchos tiene su raíz en el hecho de que han ignorado completamente a Dios y se han casado en conformidad a la “doctrina” de Sansón: “Tómame esta por mujer, PORQUE ELLA ME AGRADA” (Jueces 14:3).

El asunto en sí es delicado y requiere paciencia, oración y juicio. Recientemente, en una librería evangélica, me fijé en un libro. Su título era: “¿Con Quién Me Casaré?”, pero, inmediatamente al lado del tal, estaba colocado otro, en cuyo título se leía: “Cómo Endulzar Tu Amargo Matrimonio”, ¿qué le parece? La mejor manera para no tener que estar comprando libritos que ayuden a “endulzar un amargo matrimonio”, es conocer la voluntad de Dios.

Hermano, tantas veces, las emociones naturales del corazón, y también, las manifestaciones pasionales de nuestra naturaleza biológica son tenidas, equivocadamente, como evidencias de la voluntad del Señor para conocer el tiempo de contraer matrimonio. Hay quienes piensan que, el mero hecho de tener “ganas de casarse, es una evidencia para hacerlo”, “sea como sea y con quien sea”. Para esto se invoca, muy a menudo, “mejor es casarse que estarse quemando” y, algunos me han dicho: “Hermano, a la verdad, estoy ardiendo”. Debe preguntarse cada cual, si ese “incendio pasional” ha sido despertado por la lectura de material pornográfico o, acaso, por eróticos programas televisivos. Porque, desgraciadamente, a muchos “creyentes”, les cuadraría mejor el nombre de “Telecreyentes”.

Entonces, es conveniente atender, no sólo al deseo de casarse, sino también a otras consideraciones de interés para el matrimonio. Por ejemplo, si estamos o no en condiciones de sostener un hogar o, ¿es qué, acaso, aspiramos que sea ella la que trabaje?

Otra cosa, puede adquirir algunas cosas esenciales, tales como cama, sillas, mesas, etc., o, ¿es qué espero que me sean dadas como regalo de bodas?

Más aún, ¿dónde vamos a vivir? ¿Con los suegros? Pues, si es así, ponemos luz roja a la vista de cualquiera, y le decimos: ¡Graves dificultades a la vista! Y, además, hay que ir comprando “Cómo Endulzar Tu Amargo Matrimonio”.

Hermano, la paciencia es necesaria para conocer, en la mayoría de los casos, la voluntad del Señor. Le digo esto, porque he conocido casos de personas que se han conocido un día como hoy, y ya mañana está el candidato en la casa de la muchacha, y no para una visita de cortesía, sino para formalizar un compromiso. Un vehículo que esté desarrollando tan vertiginosa velocidad, puede terminar en una colisión fatal.

Perdone que me haya detenido en estas consideraciones, las cuales he creído conveniente hacer, aunque sé que no es a esto que su pregunta en sí se refería. Entiendo que su dificultad es cómo conocer la que será su esposa y de qué manera el Señor habrá de indicárselo.

Primeramente, le diré que la clara y precisa revelación de Dios, la Biblia, debe tener lugar en nuestras vidas, si queremos conocer la voluntad de Dios. Ella enseña que los creyentes no deben unirse en yugo desigual con los infieles (Segunda Corintios 6:14 al 16). Por ende, una persona creyente, si es que quiere conformarse a la voluntad de Dios, debe descartar la posibilidad de unirse con una persona que no sea salva.

Segundo, le diré que es muy peligroso poner los ojos en una persona que recientemente ha profesado ser salva. Recuerda que un profesante no es, necesariamente, un creyente. Sólo el tiempo dirá si lo es o no. Por ello, se está pisando una arena muy movediza cuando se formaliza noviazgo, en vías de casamiento, con una persona nueva.

Tercero, si quieres conocer la voluntad de Dios, ésta siempre está relacionada a lo que concierne a la gloria de Dios y al bien del creyente. El creyente que quiere casarse según la voluntad de Dios, no debe mirar sólo sus propios intereses, sino también los de Dios. Por ello, es bueno pedirle al Señor: “Escoge tú por mí. Dame Señor lo que vaya a resultar para tu gloria. Dame una esposa que te sea fiel y que sea una ayuda espiritual para mí”.

Una cuarta cosa digna de consideración y, posiblemente, de mucho interés para Ud., es la siguiente: ¿debe el creyente pedir una señal? Particularmente no me opongo y, bíblicamente, no encuentro nada en contra. Si el creyente tiene fe para hacerlo, entonces bien. Dios dice: “Conforme a vuestra fe os sea hecho” (Mateo 9:29). Gedeón pidió señal y obtuvo una respuesta contundente de parte de Dios. Lo mismo hizo el criado de Abraham cuando fue a buscar esposa para Isaac, Génesis 24:12-67, e, igualmente, Dios no ignoró la súplica de su sincero siervo.

Ahora, ¿qué clase de señal debe pedir el creyente? Digo: “No sé, pero una cosa sé: si el creyente está orando en la guía del Espíritu, éste habrá de indicarle qué señal pedir”, porque “qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26).

De una cosa puede estar seguro: si, sinceramente, está buscando la voluntad de Dios, él se la hará conocer. El salmista dice a Dios: “enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios… Hazme saber el camino por donde ande, por que a tí he elevado mi alma” (Salmo 143:8,10). Entonces, Dios responde: “Te haré entender y te enseñaré el camino en que debes andar, sobre tí fijaré mis ojos” (Salmo 32:8).

Apreciado Hno., he procurado ayudarle en la medida de mis posibilidades, pero hay uno que tiene toda la capacidad y suficiencia en el asunto: el Señor. A él le remito y a él le encomiendo.

Sin más, y que el Señor le bendiga y ayude:

G. Villegas

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