La conversión del cómico principal

comicoHace casi 150 años un regimiento de soldados en Francia estaba por embarcarse para ir a una batalla. Un vendedor de Biblias pidió permiso al coronel para conversar con sus hombres en el cuartel. Les habló de su gran necesidad de la salvación y les dijo que encontrarían ayuda al leer el Nuevo Testamento si pedían a Dios que les abriera los ojos.
Un joven soldado se adelantó y dijo que mucho quisiera tener un Testamento, pero no tenía ni un centavo para comprarlo. “En ese caso”, respondió el vendedor, “gustosamente le regalaré uno”. Entonces para su sorpresa y tristeza, el joven prorrumpió en risas, y exclamó: “listo, mi compañero! Yo soy el principal cómico del regimiento, y es claro que tengo buena mano para ponerte en ridículo.”
“Devuélveme el libro”, dijo el vendedor. “No, no, viejo”, dijo el soldado, “así no se hacen las cosas en el ejército. Lo que se da, se da voluntariamente; por tanto, lo guardaré. Sin duda me será de utilidad, como usted así lo desea. A veces no encuentro papel para prender mi pipa”.
Haciendo el saludo militar en la forma más grotesca, se fue, muerto de la risa, pero no sin antes oír la advertencia del vendedor, quien dijo solemnemente:
Tenga cuidado con lo que haces, joven, porque “horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo” (Hebreos 10:31)”.
Con el corazón muy triste el vendedor dejó el cuartel y encontró alivio al orar por el joven. “Señor, perdónale, porque no sabe lo que hace. Oh, Dios, que una palabra penetre hasta su conciencia y cambie su corazón. ¡Señor! Alumbre su entendimiento, conviértale, sálvale”.
Quince meses pasaron desde que ocurrió ese incidente, cuando una tarde el vendedor llegó a un pueblito lejos del cuartel. Se encontró allí con una pobre mujer en gran aflicción, porque acababa de enterrar a su hijo que había llegado a ser el gozo y el orgullo de su vida. El vendedor procuró consolarla, y saco de su bolsillo un pequeño Testamento, del cual leyó unos pocos versículos. La mujer salió corriendo del cuarto y regresó con un librito en sus manos, diciendo que era el legado que le había dejado su hijo, “la cosa más preciosa que tenía de él”. Estaba muy maltratado, faltándole muchas hojas, pero tenía en la anteportada la siguiente inscripción: “Recibido en Toulon, 1855. Despreciado al principio y mal usado, pero después leído, creído y hecho el instrumento de mi salvación”.
Él había relatado a su madre cómo había utilizado algunas de las hojas para prender su pipa, pero esta obra destructiva se término la tarde antes de una batalla, en el cual el regimiento suyo iba a ocupar la posición más peligrosa. De repente las palabras del hombre de quién se había mofado le vinieron a la mente como un trueno. “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” “¡Qué si yo cayera en Sus manos!”, exclamó en angustia. Enseguida que aclaró el día, sacó de su mochila el libro que parecía haber llegado a ser su acusador. Lo abrió, esperando encontrarlo lleno de amenazas, cuando para su asombró leyó palabras como estas: “No envió Dios a Su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él” (Juan 3:17). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Quedaba también una hoja del evangelio de Mateo: “Venid a mi, todos los que estáis trabajados que yo os haré descansar” (Mateo 11:28).
Este ultimo versículo le conmovió profundamente, pero tuvo que meter su Testamento en la mochila, y salir a enfrentar al enemigo. Después de un combate breve pero intenso, muchos quedaron heridos en el campo de batalla, entre ellos el joven fusilero, y por varias semanas su recuperación estaba en duda. Ese tiempo no fue perdido para él. El Espíritu Santo le trajo a la mente de nuevo los versículos que leyó en el campo de batalla, y los creyó y fue lleno de gozo. Fue traído a su casa como seis semanas antes de llegar el vendedor a aquel pueblo, y con tiernas súplicas rogaba a su querida madre y amigos que aceptaran a Cristo y su salvación. Hasta el último momento les exhortaba a no correr el riesgo de caer, sin la salvación, “en las manos del Dios vivo”, sino aceptar Su oferta de perdón, paz, y una salvación gratuita por medio de Jesucristo.
Sin duda el vendedor se regocijó en esta hermosa respuesta a sus oraciones, y esto sirve para animar a todos los que procuran dar a conocer las buenas nuevas. A la vez, viene como otra advertencia más a los que no son salvos. ¡Querido amigo! Déjame suplicarle que oiga la advertencia; porque “Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo”.
Traducido
Tomado de la revista La Sana Doctrina

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